Sin saber cómo, estoy en el centro de una habitación. Es una estancia vacía, amplia y cerrada donde la luz parece venir de ningun sitio; no hay ventanas o puertas; no hay muebles o cuadros. Giro la cabeza para darme cuenta de que las cuatro paredes, el techo y el suelo que piso son de espejo... enormes espejos sin cortes o juntas. Sólo un detalle rompe la continuidad de ese horizonte en todas direcciones y reflejos infinitos: un trozo de pared de yeso blanco dentro de un marco dorado. Doy unos pasos para observarlo más de cerca...
No me sorprende descubrirme en él, si bien me veo como jamás me había visto hasta ese instante.
Me dice:..."Estás en todas partes... menos contigo".